Desnuda en un caballo 0
Lo recuerdo como un amor chuzo. Aquella vez, finales de los ochentas, cuando vi las primeras imágenes de “Doña Bella”, la telenovela brasileña, simplemente me quedé helado. O sea, barquillo de dos bolas secas, mínimo.
Obnubilado, el miembro estrangulado; las hormonas eran un pizarrón de aula barranquina con mota de los mayores que tapaban los ojos de los ‘mañucos’… ¡miau porn! la belleza de la actriz paulista Maitê Proença lo era everything, un chupe de camarones, una chela negra con su rumbera del yaoka en jaque contra la pared, una belleza que explotaba en los cuartos cerrados, arrasadora, y el tema en las carpetas escolares se dibujaba en sus senos de relieve yogurt -gran competencia frente a sus enormes ojos claros, y porte señorial de su cuerpo-.
Y la veía montada en su caballo blanco, calatita, alzando sus brazos, desafiando al trote del equino a los hombres en la plaza asombrados por tal atrevimiento. Ansío que el cemento de mi circunstancia se convierta en los paradisíacos paisajes de Araxá, Brasil, pero hay poca imaginación, vía televisión, nomá, junto a la melodía que reforzaba su sensualidad y mis orejas, otrora, volaron como aparatos femeninos sólo conocidos en las enciclopedias. Se me cayó la boca como “La Máscara”, bro.
Ayer, en el mercadito uno de suyorki, abrí un periódico y vi la publicidad de “Doña Bella”, nuevamente en la televisión peruana y decidí eternizarla en la caligrafía mental de esta columna. Me sujeté el cierre. Salivé con música bossa nova libidinosa.
Ches, cuántas doñas bellas habrán en Lima y no he de conocerlas. Aquellas ‘Beijas’ que no renuncian a su independencia, presentármelas, deben. Es que yo quiero amarlas a todas, ta ké, maldita finitud. Todas las Maite Proencas tienen que conocer la octava vida del gato, el tornillo malhechor. Sólo me queda volver a decir, ahora en esta nueva década: “rica, rica, demasiado ricotona”.
Desnuda en un caballo


























